
Morder no es solo un acto físico: es un gesto cargado de emoción, de impulso y, muchas veces, de dolor interno. Cada mordida tiene un nombre según la intención que la provoca.


En la infancia, morder puede ser una forma torpe de expresar cariño. El niño siente tanta emoción, tanta fascinación por el otro, que no sabe cómo canalizarla. La mordida aparece como un gesto impulsivo de afecto mal expresado. Se llama mordida afectiva, porque nace de la atracción y la necesidad de contacto.
Cuando un niño muerde a otro porque quiere lo que el otro tiene —un juguete, atención, espacio—, la mordida es un reclamo. Es una forma brusca de decir: “Yo también quiero eso.” Se llama mordida competitiva, porque surge de la envidia y la lucha por obtener algo.












