
CIUDADANOS Y SUS CATEGORIAS


La desigualdad no es solo económica Hay personas que, con solo levantar el teléfono, resuelven trámites, reciben atención inmediata o envían a alguien a gestionar sus asuntos. Viven en barrios donde incluso los alimentos disponibles son distintos: quesos, frutas, carnes y legumbres de mejor calidad, productos que no aparecen en supermercados de otras zonas. La diferencia se siente hasta en lo más básico: lo que se come. Mientras tanto, otros ciudadanos deben enfrentarse a un Estado que funciona de manera lenta, desordenada y muchas veces indiferente. Cuando se trata de trámites públicos, la experiencia cambia según quién seas. Para algunos, todo es rápido. Para otros, todo es una fila interminable. El jubilado que no maneja internet, que no tiene acceso fácil a la tecnología o que simplemente necesita hablar con una persona, se encuentra con máquinas que reemplazan empleados y con teléfonos que no resuelven nada. Los sectores más vulnerables —los “de tercera, cuarta o quinta categoría”, como muchos sienten— directamente quedan excluidos: no tienen conectividad, no tienen dispositivos, no tienen a quién mandar en su lugar.
Un personaje reconocido, una figura pública o alguien con prestigio social es atendido enseguida. Pero también existe otro tipo de poder: el de la persona que, aun sin ser famosa, se planta con educación, firmeza y dignidad. Esa persona no permite que la ignoren. Su presencia obliga al otro a atenderla. Sin embargo, no todos pueden hacerlo. Y no todos son recibidos igual. Muchas veces, la atención depende del humor del empleado público, de cómo uno está vestido o de la impresión que genera al entrar. Todo esto alimenta la burocracia y la sensación de injusticia. En el sistema médico se repite la misma lógica. No por los profesionales —que suelen ser excelentes— sino por las instituciones, los recursos, la aparatología y las condiciones de internación. La diferencia entre lo público y lo privado marca la experiencia del paciente. Aun así, muchas personas mantienen su dignidad y su nivel cultural, aunque sus ingresos sean bajos -No bajan su categoría humana, aunque el sistema las empuje hacia abajo. En distintos ámbitos —desde un juez hasta un policía— el trato cambia si la persona es considerada “importante”. La impotencia frente a estas situaciones lleva a muchos a levantar la voz, a volverse agresivos para ser escuchados. No porque quieran, sino porque sienten que es la única forma de que alguien les preste atención. Se habla mucho del bullying como si fuera algo nuevo, pero siempre existió. Los que sobrevivieron cargan con las secuelas, y sus hijos también: “los hijos de…”. Y cuando alguien que fue tratado como ciudadano de primera se acostumbra a ese privilegio, muchas veces se vuelve déspota: alguien que abusa de su poder, de su posición o de su fuerza. En ciertos espacios de decisión —como la justicia— la falta de empatía se vuelve un problema profundo. La soberbia impide cumplir el deber con humanidad. Existen casos de maltrato, tanto de hombres como de mujeres, que permanecen ocultos pero que son reales y numerosos. La desigualdad no es solo económica: es emocional, institucional y estructural.











Estos días buscan generar conciencia sobre la necesidad de adoptar modelos de producción y consumo más sostenibles y promover el bienestar individual y colectivo.



