
SANTA MONICA PATRONA DE LAS ESPOSAS Y MADRES DESESPERADAS


Mónica creció en una familia cristiana de Tagaste, en la actual Argelia, y desde joven mostró una inclinación natural hacia la oración. Sus padres, sin embargo, la casaron con Patricio, un hombre pagano, violento y mujeriego, con quien tuvo que aprender a convivir durante décadas usando más paciencia que confrontación. Ese matrimonio, lejos de apagarla, terminó revelando su carácter: logró, con paciencia y ejemplo, que tanto su marido como su suegra se acercaran al cristianismo antes de morir. Fue esa misma fortaleza silenciosa la que después necesitaría para enfrentar el mayor desafío de su vida como madre. Ese matrimonio, lejos de apagarla, terminó revelando su carácter: logró, con paciencia y ejemplo, que tanto su marido como su suegra se acercaran al cristianismo antes de morir. Fue esa misma fortaleza silenciosa la que después necesitaría para enfrentar el mayor desafío de su vida como madre.
Mónica lo siguió hasta Roma y después hasta Milán, decidida a no dejarlo ir sin pelear. Allí, un obispo llamado Ambrosio terminaría siendo la figura clave que ayudaría a encaminar la conversión que ella tanto había pedido. En el año 386, después de años de resistencia, Agustín finalmente se convirtió al cristianismo y fue bautizado por Ambrosio en Milán. Para Mónica, esa noticia significó el cierre de una espera larguísima, la prueba de que la perseverancia, tarde o temprano, puede dar sus frutos. Poco después, mientras madre e hijo viajaban de regreso a África, Mónica enfermó gravemente en el puerto de Ostia, cerca de Roma. Murió allí en el año 387, a los 56 años, en paz y con la certeza de haber cumplido su mayor deseo, algo que ella misma describió como la razón de su vida.
Mónica lo siguió hasta Roma y después hasta Milán, decidida a no dejarlo ir sin pelear. Allí, un obispo llamado Ambrosio terminaría siendo la figura clave que ayudaría a encaminar la conversión que ella tanto había pedido. En el año 386, después de años de resistencia, Agustín finalmente se convirtió al cristianismo y fue bautizado por Ambrosio en Milán. Para Mónica, esa noticia significó el cierre de una espera larguísima, la prueba de que la perseverancia, tarde o temprano, puede dar sus frutos. Poco después, mientras madre e hijo viajaban de regreso a África, Mónica enfermó gravemente en el puerto de Ostia, cerca de Roma. Murió allí en el año 387, a los 56 años, en paz y con la certeza de haber cumplido su mayor deseo, algo que ella misma describió como la razón de su vida.


Cuando era niña, los miembros de su familia la conocían como una
niña sensible, gentil, orante y amable. A veces sacaba comida de su
plato y la escondía para luego dársela a los pobres.


SAN CAYETANO PATRONO DEL PAN Y DEL TRABAJO - SANTO DE LA DIVINA PROVIDENCIA -




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