
ORIGENES DEL CARNAVAL EN ARGENTINA



El desenfreno y el bullicio de la celebración hizo que, en época del virrey Vértiz, entre 1770 y 1784, los bailes se limitaran a lugares cerrados y el toque de tambor, sello identitario de la población africana que habitaba Buenos Aires, era castigado con azotes y hasta un mes de cárcel.
El gobernador Juan Manuel de Rosas, por decreto, prohibió el festejo del carnaval hasta 1854, cuando el gobierno de Buenos Aires autorizó la realización de bailes de máscaras y juegos de agua. Entonces el carnaval volvía a cobrar impulso. En 1845, Domingo Faustino Sarmiento emprendió un viaje de dos años que lo llevó a recorrer varios países. En Italia participó de los carnavales, conoció las clásicas máscaras venecianas y quedó atraído por la idea del anonimato de los disfraces como forma de borrar, por un instante, la desigualdad de clases.
De esta manera, durante su presidencia, en 1869, Sarmiento promovió la organización del primer corso oficial de la ciudad de Buenos Aires.
A comienzos del siglo XX la influencia de los inmigrantes italianos y españoles introdujo ritmos, danzas y vestimentas propias de sus lugares de origen. De a poco, se produjo el pasaje de las comparsas de candombe a las murgas, que comenzaron a bailar y tocar en los corsos. Las murgas porteñas cobraron protagonismo.
En 1976, el gobierno militar eliminó al carnaval del calendario oficial de feriados y cesaron los corsos. A partir de 1983, a pesar de que solo habían sobrevivido una decena de murgas, el fenómeno carnavalesco revivió con mucha fuerza en los barrios y volvió a ganar el espacio público hasta que, en 2010, el gobierno restituyó los feriados nacionales del lunes y martes de carnaval.



Ver esas raíces expuestas, enormes, retorcidas, es como mirar el esqueleto de un gigante caído.

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